martes, 4 de agosto de 2009

Texto Trabajo Final Redacción II

Hacia la nada

-Está bien, me costó una banda juntar la plata ¡Pero cómo lo vamos a disfrutar!- Hace una semana festeja Julián, mi amigo desde la infancia que hace años que insiste con ese grupo que según algunos “tiene una mística de barrio, ellos saben lo que nos pasa por que vienen del mismo lugar que nosotros”.
Puede que tal vez aún no sean muy conocidos, pero para los que nos movemos dentro de la escena musical, sabemos que Callejeros es un nombre que empieza a sonar cada vez más fuerte.
Como cada uno de los adolescentes que conocí, mis amigos han decidido desde hace años empezar a identificarse con una banda de rock n’ roll ascendente. Por cuestiones de populismos o de esa actitud típica de la rebeldía adolescente, empezar a relacionarse con el rock es alejarse de los estereotipos que los medios de comunicación intentan imponer. Nuestra actitud no es alentar a las bandas que decidieron venderse vacíamente a cambio de contratos discográficos gigantes que generan un circo de proporciones tan grandes que hacen que la música quede en segundo plano.
Julián dice que por eso no se pueden comparar los primeros discos de una banda con los últimos; que es ahí donde aparece la verdadera identidad de un grupo, en sus letras, en la poca complejidad musical, en el saber qué decir más allá de los que las marcas, los sponsors, los productores y los que generan los beneficios millonarios quieran.
Yo, mientras tanto intento vivir mi vida lo más normalmente posible: tengo 21 años, terminé la secundaria hace algunos años y mientras intento decidir qué hacer con mi existencia (a qué dedicarme, de qué vivir, cómo voy a mantener a mi familia el día de mañana). Hoy por hoy, estoy orgulloso de lo que logré: entre sueños e ideales estoy trabajando como cadete en una empresa de comidas. Bah, eso es lo que le gusta decir a Mario, el dueño. En realidad es la pizzería La moderna, uno de los tantos locales del barrio de Quilmes que intenta sobrevivir en base a la venta de la comida más popular por estos pagos después del asado. Por suerte, dado a que sólo cuento con una bicicleta, mi tarea recae en repartir por lugares cercanos, por lo general son clientes del barrio que ya me conocen, dato de suma importancia si tenemos en cuenta que la propina es un ingreso extra de importancia para un cadete.
Puedo decir tranquilamente que Mario es un buen tipo. Es el típico hippie vencido por el paso del tiempo: con una panza prominente, bigote peinado que esconde una jocosa risa, de esas que cuando uno la escucha no puede evitar contagiarse, brazos gruesos y peinado a la gomina acomodado por una colita que no resulta suficiente para ocultar su avanzada calvicie.
Trabajo desde hace dos años con ellos gracias a Julián que es el sobrino de Mario. No me puedo quejar, el negocio anda bastante bien, se trabaja en un ambiente de cordialidad y camaradería y existen algunos códigos implícitos dignos de una familia. Es difícil que alguno de los muchachos falte al trabajo, y si lo hacen avisan con el tiempo suficiente para que Mario pueda acomodarse. Por otro lado, es difícil que el capitán de este barco pequeño pero estable se niegue a darle el día a alguno cuando la situación lo amerita. Por lo que se puso muy contento cuando le conté que necesitaba el jueves para ir al recital.
-Ya era hora de que los vayas a ver, desde el demo Callejeros, que esa banda suena en vivo como el carajo. Aparte con el calor y la llegada de las fiestas la venta bajo un poco- Exclama Mario mientras se limpia las manos con un trapo que va a ir a parar a su cintura, entre el jean gastado y la camiseta blanca. Esa espantosa musculosa llena de agujeros, que significa para él no sólo un uniforme, sino una insignia del oficio que eligió después de fracasar con la disquería de usados que intentó mantener inútilmente durante algunos meses.
Pero mi vida no sólo se desarrolla en La moderna. Entre los amigos que la distancia y el destino han ido alejando, el grupo del barrio se mantiene desde toda la vida. Aparte de Julián, una especie de cabecera del grupo por sus 25 años, tipo inteligente si los hay, aún mantiene la mirada del niño que siempre conseguía lo que quería. Todavía hoy es el que organiza los partidos de fútbol, el que compra la carne para el asado y el que siempre llega primero en las reuniones de lo sábados, dado que el punto de encuentro es la pizzería de su tío. Fanático de La renga y Los redondos, es el consejero del grupo y uno de los tipos más suspicaces que conozco.
Después está Sergio, que es de Ezpeleta pero como labura en el súper Auchán siempre pasa un rato después a las 14, hora en que termina su jornada, para saludar, tomar unos mates y reírnos un rato juntos. Tipo 16 ya vuelve para su casa, donde lo esperaban Rosana fiel compañera del Chechi (así le decimos los amigos) y Tomás, su bebé. Podríamos decir de él que es un trabajador empedernido. En el súper se encargaba de la reposición de frutas y verduras, que siempre tenía que estar lista a las diez, momento en el que llegaba su primer descanso. El Chechi es un tipo muy inteligente y siempre con ganas de aprender; y es que con el Toto fue el primero de nosotros que tuvo que empezar a cambiar pañales, dormir poco por las noches y responsabilizarse por la familia. Aunque todas sus preocupaciones desaparecían los sábados o domingos en los que jugaba su Quilmes querido. En realidad nosotros lo cargamos porque más que desaparecer, los sentimientos encontrados aparecían por que los cerveceros no provocan más que angustia a su hinchada. Igual está contento, porque asegura que cuando su hijo crezca va a salir zurdo y talentoso como él. Nosotros, modestia aparte, nos seguimos riendo como la primera vez que lo dijo; no por su pierna hábil, sino por esa habilidad sagaz de dudosa existencia.
Al final y para completar el cuadro, está Pedro, un amigo de esos que no se encuentran todos los días y alguien con convicciones muy, muy marcadas. Su pasión por el fútbol lo llevó a crear una página de Internet, ahora terminó el primer año de periodismo y dice que le está yendo bastante bien. Hace un tiempito que tiene un programa por la radio, una FM del barrio en realidad, pero está agrandado como si estuviera trabajando con Víctor Hugo. El otro día le hicieron una entrevista a Roberto Zárate, el histórico del club millonario que salió campeón 5 veces con el equipo de Núñez. El Rulo (si lo vieran entenderían el apodo) llegó ese día con su andar tan característico, mezcla de parsimonia y flaqueza, medio curco y con su cuerpo flaquito tapado con una remera que le llegaba poco más debajo de la cintura.
-Miren muchachos grabé la entrevista, escúchenla que quedó muy buena. Dios ya me está haciendo las cosas más fáciles-. El rulo era un tipo muy creyente.
-Si hubiera vivido en la época de Jesús lo hubiera defendido a muerte- dice. Y aunque siempre es bastante polémico cuando discutimos sobre fútbol o minas, cada tanto larga frases que te dejan pensando. Me acuerdo que una vez estábamos en lo de Julián y largo una que no sé por qué me quedó retumbando en la cabeza y nunca me la pude borrar: estábamos hablando sobre la cantidad de indigentes que hay en el país, de lo difícil que es llevar una vida sin nada. De pronto y como si nada Rulo largó
–Mirá Julián, la muerte es algo que uno pide pero no quiere-. Un silencio sepulcral se adueñó de la mesa donde estábamos, cada uno intentaba digerir la frase que acababa de escuchar y Julián, como de costumbre fue el primero en reaccionar. Peló un maní se lo mandó a la boca, asintió con la cabeza y tomó un trago de cerveza.
Es difícil creer cómo cuatro tipos que se conocen de toda la vida pueden diferir tanto en algunas cosas. Aunque todos somos fanáticos del fútbol, tenemos visiones tan distintas de ese maravilloso deporte que nos pasamos horas y horas discutiendo sobre cuál es la mejor línea ofensiva o si existe un mejor tres que Passarella, defendido a muerte por el Rulo por haber formado parte del equipo de sus amores.
Aunque Julián y yo somos los verdaderos fanáticos de la música logramos convencer a Pedro y al Chechi que nos acompañen al recital de Callejeros. Nosotros insistíamos que era la mejor forma de terminar un año que había tenido bastantes momentos de diversa índole. La separación de los viejos de Julián, el nacimiento del Toto, el accidente de moto que tuvo mi hermana (que por suerte solamente se quebró la clavícula pero le sirvió para entender lo peligroso que es ese vehículo). En fin, momentos buenos y malos, como en la vida de cualquier ser humano.
Al final, los dos terminaron aceptando, así que partimos esa misma tarde (si no me equivoco era el 9 ó 10 de diciembre) para Lee-che a comprar las entradas. Nos resultó raro que Mario nos dijera que no quería, pero después explicó que si iba entraba gratis con un amigo el viernes. Ese fin de semana, Callejeros iba a hacer dos fechas en República de Cromañón, un boliche que antes era cumbiero, pero ahora es el paso previo para Obras, espacio consagratorio para una banda si los hay. De todas maneras hace rato que el grupo del Pato tiene que agregar un día o dos más para satisfacer la convocatoria de público que están teniendo, así que imagino que va a ser sólo cuestión de tiempo.
Cargamos tanto a Mario por no venir con nosotros al show, que terminó prometiendo que nos iba a ayudar con la bandera que queríamos hacer. Aunque había asistido varias veces a distintos recitales de bandas que me encantan, era la primera vez que me animaba a llevar un trapo, así que estaba bastante entusiasmado. No teníamos mucho tiempo, por lo que arrancamos a pintarla con un lienzo de poliéster negro bastante lindo que nos consiguió nuestro ahora deudor. En realidad los que más energía le pusimos fuimos Julián y yo. El Chechi había conseguido las pinturas en el supermercado y Rulo, que es bastante talentoso para las artesanías, hizo los trazos con lápiz, pero entre la facultad y el tiempo que le llevaba la página de Internet, pudo venir pocas veces. La tela de dos metros por uno y medio empezó a convertirse en la insignia que de ahora en más queríamos llevar para todos lados: “La banda de Quilmes” decía bien grande a modo de título con letras blancas. Más abajo, inclinándose descendentemente: “Por eso siento cuando siento este rockanroll” frase de Teatro, un temazo, y como detalle final el dibujo de la tapa de Sed, su último disco, el que seguro los va a terminar haciendo muy populares con la insignia de la banda como resumen de todo lo que es, para nosotros ir a arengar a estos locos para comprobar que es verdad lo que dijo Mario, y suenan como el carajo. Una vez terminada la bandera, el Rulo propuso que la colguemos en algún lugar de La moderna, pero para que no se estropee decidimos ponerla atrás, donde se preparaba la masa y estaba el horno. Si teníamos suerte y nadie se pasaba de curioso, el trapo iba a llegar ileso para su estreno.
El viernes 24, después de que cada uno brinde con su familia, nos juntamos para festejar la noche buena. Fuimos a la casa de Julián por que su viejo fue a La Plata a comer con su familia ahora que estaba divorciado y se iba a quedar en lo de sus padres toda la noche. Como cada año, el rejunte de botellas que se hizo fue verdaderamente exagerado. Sidras, cervezas, vinos espumantes, todo estaba dado para que pasemos una noche de brindis consecutivos; pero el que dio la nota fue el Rulo, que no sólo cayó con una botella de Chandon, cortesía de sus viejos, sino que le agregó un pan dulce medio berreta, de esos que tienen las frutitas de colores que a nadie le gustan.
Después de unos cuantos tragos, el Chechi anunció que no iba a poder ir al recital del jueves, porque Rosana tenía que ayudar a su madre con un trabajo y él iba a tener que cuidar a Toto. Todos nos pusimos medio tristes, hacía rato que no organizábamos una salida con tanta anticipación y tanto Julián como yo estábamos muy entusiasmados.
-¿Qué pasa si lo digo a mi vieja que lo cuide?- Le pregunté yo.
-No, mi mujer me mata, no lo puedo dejar con tu vieja. No es por nada el pibe la va a volver loca. No importa, ya fue, iré en otra ocasión.- Dijo el Chechi con desazón. Se notaba en su expresión que esta vez realmente tenía ganas de venir.
-¿Pero por qué no lo llevás? Sugirió Julián con un tono que demostraba que esa idea acababa de ocurrírsele. –Hay familias enteras que van a ver a la banda, de última vos te quedás arriba así lo mantenés lejos del quilombo. Cuando termina nos volvemos a encontrar a la salida y listo-. Aunque descabellada, la idea no cayó tan mal.
-Podría ser- dijo, dudando, Chechi. –Pero no le tengo que decir nada a Rosana por que me hecha a patadas en el culo de casa-.
Todos largamos una gran carcajada y brindamos, pero el Rulo se quedó medio preocupado:
-No es un lugar para llevar a un chico.- mientras tenía la mirada perdida hacia el frente, como cuando uno ve fijo hacia un lugar y de pronto la vista se nubla.
-De última que lo piense y vea, nosotros no podemos decir nada- Sentencié yo, para dar por terminada la charla, y volver a hablar del campeonato que acaba de ganar Newell’s en la cancha de Independiente.
Sin darnos cuenta, el jueves que con tanto tiempo planificamos llega con un calor agobiante. Habíamos quedado en encontrarnos en la pizzería de Mario tipo cinco de la tarde para tomar algo y después irnos para Once. El Chechi, que había terminado a las dos como siempre se fue hasta su casa sin que nadie supiera qué es lo que había decidido. Por lo pronto yo me fui más temprano para La moderna para ver si podía ayudar con algo, ya que me habían dado la noche libre.
Julián llegó bastante más temprano de lo acordado así que se dispuso a pasar el piso del local. Había dejado la mochila negra al lado de la caja registradora. Cuando le pregunté qué traía me dijo que puso la remera que iba a usar a la noche y que con eso íbamos a llevar la bandera hasta allá. Me pareció una idea estupenda, puesto que ni se me había ocurrido pensar en eso.
Cerca de la hora pautada, el Rulo llegó con los pelos húmedos por el baño que se había dado.
-No sé por qué razón te bañás para ir a un recital- Le dijo Mario, mientras acomodaba el cambio que había conseguido más temprano en el banco.
-Es que fui a jugar al fútbol con los de la facultad y chivé como loco- explicó mientras estiraba sus piernas sobre la lona de una silla que tenía frente suyo.
Pasadas las ocho y media y ya dispuestos a salir, llegó Chechi con el bebé en brazos. Todos lo recibimos con grata sorpresa y festejamos la decisión que había tomado. Por fin los cuatro íbamos a ir juntos a un recital.
Nos tomamos el 61, que nos dejaba justo en calle Mitre, pleno barrio Once. Mientras vamos llegando al boliche se empiezan a vislumbrar grandes cantidades de gente. Parece que, a pesar de la poca publicidad, el recinto va a estar lleno. Por las calles se ven remeras, banderas (la nuestra la tiene en su mochila Julián), pibes agolpados en las esquinas con botellas de plástico recortadas y llenas de cerveza. Se destacan entre el tumulto las remeras con la insignia de la banda y los cortes de pelo rolinga. Y es que Callejeros, está evolucionando cada vez más marcadamente y pareciera, si uno mirara a simple vista, que toda la mística de los barrios se traslado esta vez a República Cromañón.
Entre cantos y arengue, Chechi y yo nos metemos en la cola, que a estas horas tiene casi una cuadra de extensión. Julián y el Rulo se fueron al quiosco de la esquina para comprar algo para tomar. Es que como se entra medio temprano y no sabemos bien a qué hora arranca el show, la ingesta tiene que ser inmediata, por que seguro que adentro del boliche nos matan con los precios.
Ya cuando los cuatro (en realidad los cinco, si contamos a Tomás) estamos agolpados y la fila avanza veo el lugar. Aunque había escuchado hablar de él no lo conocía. Se trataba de un inmenso edificio que se asemejaba más a un gran galpón que a un ámbito para organizar recitales.
Ya había caído la noche, pero el calor seguía presente y se notaba en las caras de todos nosotros. Finalmente la fila avanzó. Lenta pero constante, se notaba que más adelante estaban haciendo un cacheo; todos sabemos bien que no importa cuánto se revise, lo que se quiere ingresar se esconde o se consigue adentro, pero para no armar bardo preferimos levantar las manos y dejarnos palpar por enormes tipos con remeras negras y una sola inscripción: Seguridad.
Cerca de las boleterías, la fila se separa en dos partes, para poder realizar con mayor eficacia el chequeo. Adelante mío hay un pibe que quiere entrar con la cerveza que compró afuera, pero el guardia lo obliga a deshacerse de ella. Inmediatamente le hago señas al Rulo para que tire la nuestra. El cacheo avanza más rápido de lo esperado; sin darnos cuenta, ya estábamos adentro. Había un pasillo de unos nueve metro por el que todos entrábamos hacia un recinto de dimensiones verdaderamente amplias. Una vez adentro había dos caminos para tomar. Hacia la derecha se veía la consola con la que regulaba el sonido de la banda detrás de una jaula y más adelante un ámbito desde donde ver el espectáculo. Y virando a la izquierda, una puerta que separaba al entrepiso de dos escaleras separadas por una misma baranda que servían como acceso al campo.
-Yo lo acompaño a Julián a colgar la bandera y me quedo con el nene ahí-. Dijo Chechi
-OK. Nosotros esperamos abajo con el Rulo y así ya nos ven desde ahí y nos encuentra Juli.- Contesté yo. Nos separamos por última vez en ese momento sin saber que en pocas horas íbamos a vivir la peor de las pesadillas.
Julián arrancó primero hacia la parte posterior de la consola de sonido. Lo sigue el Chechi. Nosotros vamos con Pedro para abajo. A pesar de que es temprano, cuesta bastante bajar las escaleras debido a la cantidad de gente que hay. Se nota que Callejeros anda cada vez mejor, Cromañón ya le queda chico. Una vez abajo, nos agolpamos cerca de la barra que está debajo de la escalera. Mirando a mi izquierda, veo el escenario. Una superficie de madera de unos dos metros y medio de alto sostenido por una estructura de hierro enorme y separado del campo por una barra de hierro de un metro y medio. En cada uno de los costados, hay dos filas verticales de amplificadores. No hay duda que esta noche voy a ver un gran espectáculo así que doy un pequeño salto en muestra de mi felicidad mientras el Rulo me pasa la cerveza y me exclama:
-Apurate que esto está hasta las bolas.-
Ya pasaron unos quince minutos desde que los muchachos se fueron a colgar las banderas, así que asomo la cabeza y veo que Julián ya nos encontró y se está aproximando. No viene con buena cara.
-Ese Chechi es un cagón- exclama enojado mientras me arrebata la jarra de plástico con cerveza y le pega un trago largo.
-¿Qué pasó?- pregunta el Rulo
-Nada, dice que aunque haya muchas familias, si Rosana se entera que está acá lo mata, y más con el nene, así que se fue. Dijo que lo perdonen, que mañana le contemos cómo nos fue. Pero yo al perseguido ese no le hablo-. Explicó Julián que volvió a saciar su enojo con un trago.
-Bueno ya fue boludo; te quiero ver qué haces con un pibe vos acá- le digo yo.
-A mi tampoco me parecía buena idea- agregó Rulo.
No pasó más de media hora cuando subieron cuatro locos al escenario. No me resultaban conocidos, pero por el recibimiento que tuvieron, parecía que esta noche eran locales.
-¡Bienvenidos, somos ojos locos!- grito un muchacho flaco y morocho. Y de golpe un ruido prolijo pero estremecedor agobió el lugar. No sé si era el sonido o estos pibes sonaban realmente bien, pero la gente empezó a arengar como loca. Julián que sí los conocía nos metió en el medio del pogo enloquecido mientras cantaba versos que yo escuchaba por primera vez. Entre saltos y gritos lo miraba y me daba cuenta que siempre había estado un paso adelante de todos nosotros, y eso era lo que más me gustaba de él.
Inmediatamente comenzado el recital veo que alguien prende una bengala en el medio del tumulto, acto seguido una luz roja se prende más atrás. Es increíble como pudimos crear nuestros propios folklores en los recitales. Nadie en ningún lugar del mundo va a estar dispuesto a mancharse la ropa o incluso quemarse la mano a cambio de aportar al momento luces y colores. De pronto, escucho una cadena de ruidos impresionante detrás de mí. Nos damos vuelta con Rulo mientras Julián sigue saltando y vemos que alguien desde el primer piso prendió un tres tiros, si es que así se llama. El Rulo que siempre fue el más precavido, me miró y frunció el seño. Lo que acaba de pasar no le había gustado. Comprendiendo la situación, tomo del hombro a mi amigo y lo llevo hasta la barra, donde la cosa está más tranquila. Después de unos pocos temas la banda soporte termina. La gente empezaba a entusiasmarse con la música y empezaron a vitorear algunos de los clásicos del grupo a salir: una nueva noche fría es el tema que hoy por hoy se escucha en todos lados así que juntos, al unísono el tumulto canta el nuevo hit.
De pronto, una figura flaca aparece en el medio del escenario. No alcanzo a verlo bien, pero tiene una abultada melena morocha y una figura larga y delgada. Nosotros estamos más o menos en la mitad del salón cerca de la barra izquierda que está debajo de la escalera. Julián ya más tranquilo volvió con nosotros, mientras este personaje, bastante nervioso empieza a gritar con un tono muy poco amigable:
-Rescátense un poco por que se prende fuego el lugar ¿Entendieron todos?-
Julián se nos acerca y nos dice:
-Ese es Chabán, el dueño, también maneja Cemento. Se ve que no le gusta mucho el bardo.-
-¿Se van a poner las pilas? Rescátense o vamos a terminar todos como en Paraguay.- sentencia el micrófono ubicado en el centro del escenario. Hace poco en ese país se incendió un Shopping y la gente no pudo salir. Se murieron un montón.
-Debe andar cagado por que tuvo quilombo con los recitales de los Pordioseros y La 25 ya.- Agregó Julián. Nosotros lo miramos extrañados, preguntándonos por qué nunca nos dijo nada.
Finalmente, mientras charlábamos, se escuchó lo que todos esperaban. La misma figura que hacía minutos nos retaba como nenes ahora cambia su tono y anuncia:
-¡Damos comienzo al show. Con ustedes, y para ustedes, Callejerooosss!!!-
Si Ojos locos había sonado bien, lo de Callejeros era de otro mundo. Al compás de los acordes la gente empezó a saltar y agolparse hacia el centro del salón mientras gritaba más y más fuerte a la par de Fontanet, el vocalista.
Esta vez salí yo primero hacia el festeje, Julián y Rulo me siguieron como pudieron. Hacia mi derecha, a unos diez metros una bengala de un verde profundo empieza a consumirse. Cuando ya pasaron los dos primeros temas, entre el tumulto y el sonido, siento de golpe un estremecimiento que todos compartimos en ese momento. La luz se apagó, la música no se escucha. Pareciera que el tiempo se detuvo. Puedo jurar que han pasado uno segundos, pero duraron una eternidad. De repente, como un nuevo aventón del presente, un pequeño zumbido se transforma en la realidad:
-¡¡¡Fuegoooo!!!!-
Las palabras, sin comprender de donde provienen, son la hoja de una guillotina que derrumba de pronto toda mi persona. Puedo jurar que levanté la cabeza con la velocidad de un relámpago, pero dentro de mi, todo sigue avanzando en cámara lenta. Aún así, lo veo. Entre la oscuridad del lugar, una pequeña aureola de fuego empieza a consumir lo que parece ser una media sombra ubicada en el techo. Mis piernas empiezan a temblar sin control, mi cuerpo se estremece, estoy totalmente absorto y confundido. Quiero moverme pero el miedo y el asombro me estremecen. Y otra vez, como hace unos instantes, el tiempo se acelera de una forma inexplicable. Ahora sí reacciono, recuerdo que cerca de la barra donde nos mantuvimos gran parte de la noche hay una salida de emergencia. ¿Pero dónde está esa barra? ¿Para qué lado estaba mirando cuando se cortó la luz? ¿Dónde quedaron Rulo y Julián? Las preguntas vienen a mi cabeza como flechas lanzadas por el sentido. Pero nada de esto tiene sentido.
A mí alrededor no escucho más que gritos y desesperación; mi mirada vuelve hacia arriba. La aureola ya es inmensa y los pedazos de lo que fuera la media sombra ahora son plásticos derretidos que caen y queman la carne; está lloviendo fuego.
Este lugar es un infierno, decido que correr es la única esperanza que me queda; creo que ya sé donde está la salida y para cuando me doy vuelta resbalo con algo que no podría haber imaginado lo que era. Pero lo escucho. La separación de dos partes sólidas hacen que mi pie tambalee, pero piso más fuerte y logro mantenerme en pie, pero un grito de dolor hace que me dé cuenta de lo que sucedía. Le acababa de romper un hueso a alguien que estaba en el piso. Mis lágrimas ya no se contienen y salen despedidas como cada uno de nosotros queremos hacerlo de acá adentro.
La gran masa que se mueve inerte, sin sentido me empuja hacia la nada; yo siento una fuerte opresión en el pecho que no podría definir como tristeza, es incertidumbre. Mientras el pánico nos ha ganado la partida a todos, intento avanzar paso a paso entre una muchedumbre que me agolpa constantemente y brazos que se toman de mí piernas como única esperanza. Hay un humo insoportable que te arrebata el poco aliento que te queda. Estoy pisando cuerpos, cuerpos de pibes como yo. Están vivos, pero no corrieron la misma suerte, ellos no lograron mantenerse en pie y yo no sé cómo puedo ayudarlos. El sólo hecho de pensar que alguno de los que se encuentran en el piso es uno de mis amigos me desgarra el alma. ¿Pero qué puedo hacer? No soy dueño de mis actos, estoy siendo llevado por un enorme flujo de gente que empuja, grita, corre, se desespera. Yo también estoy desesperado, pero tengo que admitir que me siento rendido, no tengo fuerzas para intentar otra cosa que mantenerme en pie.
Mientras mi cabeza intenta entrar en razón, veo el primer signo de esperanza. Miro hacia mi derecha por exclamación de otros y logro vislumbrar una luz. La salida. Todo lo que estamos acá dentro anhelamos se presenta delante de mí como una vía hacia la libertad. Mis pulmones empiezan a colapsar, necesitan aire puro; el oxígeno aquí no es respirable. Pero en un acto de desesperación, logro reunir un mínimo de fuerza y empujo hacia delante. Algo me traba, y no logro descifrar qué es; como un regalo del cielo, una mano me toma los hombros y me eyecta hacia el exterior, siento agarrar algo con la mano y lo llevo conmigo.
El preciado afuera, el aire ahora es respirable. Miro hacia atrás y me doy cuenta, esa fuerza que sentí tomarse de mí es una chica; probablemente no supere los 13 años. Quien logró sacarnos nos grita que corramos hacia la vereda, pero ella no puede levantarse. Así que, una vez más, reunimos fuerzas para levantarla y trasladarnos los tres. Había algo que acababa de unir a mis dos compañeros y yo; el tremendo hecho que nos tocó vivir hizo que sacáramos lo mejor de cada uno. Existe entre nosotros tres un sentimiento que no voy a compartir con nadie más, salvo con mis amigos.
Y en ese momento lo recuerdo: todavía no sé nada de Julián o el Rulo. Tengo que intentar encontrarlos acá afuera, intento empezar a caminar pero un aire negro empieza a subir por mi garganta, no logró reponerme y toso en el piso. Estoy escupiendo negro. Mi cuerpo no va a resistir otro esfuerzo semejante, por lo que recorro todo el exterior con la mirada. Hay muchos gritos y la gente corre desesperada. Pero puedo apostar con seguridad que mis amigos siguen dentro de Cromañón.
En ese mismo instante, veo algo que será tremendamente revelador para mí: una chica de unos 17 años grita desesperadamente, y cuando adelanto la mirada lo veo. No tiene más de 20, está en cuero y descalzo; lo único que lleva puesto es un pantalón de jogging azul que revela una figura pequeña. Pero en ese momento, nadie es más valiente que él. Esa chica, quien quiera que sea, está gritando por que ese loco va volver a entrar. Sabe que es una trampa mortal pero lo hace igual. Entiendo enseguida sus sentimientos, no sé a quién busca pero está dispuesto a dar la vida por encontrarlo.
Y la última chispa que debía encenderse dentro de mí, arde como un volcán en erupción; no tengo idea de dónde salen las fuerzas pero una avalancha de energía conduce mi cuerpo hacia delante ferozmente. Atrás quedan las personas que me salvaron, delante las que yo quiero encontrar. Corro desesperadamente hacia el lugar del que todos salen; puede que aún sea tan útil para alguien como esa mano que tomó mi hombro en ese infierno lo fue para mí. Y me adentro
Las exclamaciones de dolor son espantosas, todo está absolutamente negro, los pedido de auxilio se agolpan entre sí como una ola de socorro que me golpea en la cara. Otra vez mis pulmones empiezan a fallar, esta vez a la tos se le suma la falta de aire puro. No veo nada pero estoy seguro que el lugar está repleto de ese humo que me envenenó anteriormente. No estoy seguro de lo que puedo hacer, dado que no conocía el lugar, intento evocar a mi memoria más cercana. Los gritos disminuyen gradualmente, esta es una escena atroz.
Entre ahogos y desesperación me doy cuenta que mi estómago empieza a presionar, me estoy asfixiando, así que decido apurarme. Tal vez alguno de los chicos pensó en encontrarnos cerca de la barra que estaba cerca de la salida. Salgo corriendo hacia mi izquierda, recuerdo que no estaba lejos de la entrada. Pero las fuerza empiezan a flaquear, mi cuerpo ya no puede funcionar bien y me tiemblan las piernas. Por causa de la inercia, tropiezo con algo que se mueve, pero de todas maneras es lo suficientemente fuerte para que caiga. Ahora sí, ya no puedo más. Rezo a Dios y a los Santos para que alguno de mis amigos salga con vida. Si levanto la mirada todo sigue siendo negro y espeso. Mis pulmones están colapsando, mi cuerpo ya no se mueve Viene a mi memoria la suerte del Chechi, lo inteligente que fue. Lo único que pretendo es que mi familia no sufra demasiado; espero no arruinarles la vida. Pobre vieja, espero que nunca se entere que salí, no se cómo le podría llegar a caer. Estoy derrumbado, cada bocanada cuesta más y más. Dicen que antes que uno muera puede ver pasar toda su vida por delante. En mi acaso, y aparte de mi familia, lo único que tengo en mente son todas las reuniones que tuvimos con el Rulo, Chechi, Julián, Mario, mis amigos, en la pizzería La moderna.

Presentación trabajo final Redacción II

El informe acerca de los motivos y los recursos utilizados:

Escribir sobre cromañón implica no sólo hablar sobre la tragedia. Antes de la fatídica noche del 30 de diciembre de 2004, acudir a un recital de rock implicaba días enteros de preparación, largas travesías, horas y horas de planificación. El folklore que se había creado entorno a este tipo de eventos respetaban ciertos comportamientos dignos de un ritual que nadie había ordenado, pero todos conocían.


Quien escribe no estuvo en el boliche la noche que sucedió el incendió, pero eso no significa que no viví Cromañón. Como el local de Once, son incontables la cantidad de lugares que no respetan las normas de seguridad, pasando por alto los peligros que se corren y riéndose en la cara del propio valor de la vida no sólo de ellos, sino de los que acuden al lugar del cual se hacen cargo.
No estuve en el recital de Callejeros, pero si presencié otros que igualaban o superaban las malas condiciones de seguridad. Pero a nadie se le hubiera ocurrido semejante tragedia. A pocos días de conocer la sentencia del juicio, Hacia la nada es una muestra de lo que significa para toda una generación concurrir a un recital: lo que disfrutamos, lo que damos por ello. Pero es también una muestra del dolor que significó para todos nosotros la peor tragedia no natural de la historia. Todos sufrimos, todos lo lamentamos, todos estuvimos, en ese sentido, en Cromañón.




Dada la imposibilidad de contactar a un sobreviviente, decidí desarrollar una historia en la que se mezclaran la ficción y la realidad de manera natural. De este modo, el personaje que narra la historia, Julián y Mario son personajes de ficción, mezclados con Chechi y Pedro, que sí asistieron. Del mismo modo, el final de los personajes también corre suerte distinta. Chechi no fue a Cromañón con su hijo, por ende nunca se retiró del recital y murió. Si bien las elecciones de las víctimas se dieron por una cercanía en edad y las zonas donde vivían me pareció que la inclusión de algunos elementos extras serviría para expandir las distintas situaciones que se dieron esa noche.

Links información de los personajes: Pedro

Los sucesos que se cuentan antes de la llegada al recital son fruto de las experiencias propias después de asistir a una buena cantidad de recitales. La preparación, los nerviosismos, la organización del día en cuestión son momentos tan disfrutables como el evento mismo. Luego, y una vez en el predio, la narración está dada por los distintos materiales que se consiguen a través de la Web. Ya sea material audiovisual preparado especialmente, como relatos y testimonios de los sobrevivientes.








Respecto a la consulta profesional, me remití a la opinión de especialistas en psicología de manera que, a la hora de escribir, pueda entender y expresare con mayor eficacia qué es lo que siente una persona desde el punto de vista psicológico (es decir, la impotencia, la desesperación, la reacción de un hombre frente a un fenómeno que lo supera) y desde el punto de vista médico (los síntomas de asfixia, las manifestaciones corporales). Dado que dichas informaciones fueron conseguidas a través de borradores y de conversaciones cara a cara, resulta poco útil presentarlo como material “legible” sin embargo y de la misma manera son informaciones determinantes a la hora del desarrollo del texto. De ser necesario lo presentaré pertinentemente.
Sin mucho más por agregar, referir que Cromañón es una tragedia que se vivió con pesar por todos: los concurrentes, los padres, los hijos, la sociedad en general. Este texto intenta ser una muestra de la normalidad con la que se desata una tragedia. Por que más allá de quién tenga que pagar por la muerte y los traumas también es necesario entender que semejante suceso sólo sucede dentro de una sociedad corrupta, que cambia el beneficio económico por el valor más importante que tenemos: la vida. Y aún así, después de años de dolor y de tener que aprender de la peor manera como sociedad, otra vez empezamos a cometer los mismos errores.

Otros links de interés:
Clarín 1
Clarín 2
Infografía